La maternidad suele contarse desde el amor incondicional, pero pocas veces desde el cansancio silencioso. Estar 24/7 con niños -y más cuando algun es neurodiverso- no es solo una cuestión de organización: es una experiencia profundamente solitaria cuando el apoyo no alcanza.
Las vacaciones, idealizadas como descanso, muchas veces expone lo contrario. El calor, la falta de recursos, la imposibilidad de viajar a simplemente de salir de casa y que todo se vuelva logísticamente imposible.
Cuando hay más de un hijo, la escena se commplejiza: uno necesita atención exclusiva, los otros también, y el equilibrio se vuelve frágil. No se trata de cargar responsabilidades a los hermanos más grandes, sino de sostener una presencia constante que agota.
Por eso vale preguntarse por qué no existen espacios de recreación verdaderamete inclusivos, pensado para niños neurodiversos y no diversos, donde jugar sea seguro y el cuidado esté garantizado, pero también donde los adultos puedan, aunque sea por un rato, sentarse y respirar. Lujos que vamos a prendiendo a valorar a lo largo de este camino.
No para «desentenderse», sino para recargar, si, RECARGAR, para poder seguir. Porque cuidar también implica ser cuidado. Y porque una maternidad o paternidad acompañada no solo es más justa, sino más humana.




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